Todo parecía eternidad a tu lado, fundir nuestros brazos en un abrazo y rozar nuestros labios en la oscuridad de cualquier calle o casa que nos acogiera a nosotros, un par de amantes buscando algún refugio de la selva de cemento que todos los días nos envenena y nos transforma en eso que detestamos pero que no podemos dejar de ser.
Éramos como niños jugando a quererse, escondiéndose uno del otro pero deseando ser encontrado para poder consumar lo que por muchas noches nos era imposible debido al trabajo y al estudio que apresaban nuestros sueños de libertad. Era tan divertido encontrarte parada en cualquier rincón de la ciudad, encontrar tu cintura, tus labios y la eternidad en tus ojos destellantes por la hermosa luna siempre bien reflejada en tus pupilas. Caminar tomados de la mano y soltándonos de a momentos para no levantar la más leve sospecha, nadie se podía enterar, nadie lo podía saber, por eso nunca te llevé a un hotel, por miedo a que nos viera el cajero y que de repente el cajero fuera tu primo o amigo de mi cuñada o de mi tío, de pronto alguno de nuestros padres avergonzado de haber sido descubierto en su falso trabajo de oficina, ¡No! No podemos dejar que pase, por eso si nos vemos es de encontrarnos casualmente en cualquier lugar, perdernos en cualquier rincón oscuro de la ciudad donde la niebla nos cubra de ser vistos.
Todo era un juego que de pronto, lo que llamamos jugar al amor, se convertía también en un juego de odio incontenible debido a tu alta sensibilidad por cualquier palabra que yo dijera o hiciera, con vos habría que inventar un termómetro de palabras pues todo te resultaba ofensivo, hasta al más mínimo alago le das vuelta y lo retorcés hasta convertirlo en algo que resulte ofensivo para vos. Eras capaz de entregarte completa y luego dejarnos a la mitad del acto porque tú dices que mis ojos persiguieron como saetas la cintura de alguien más –Como si pudiera uno concentrarse en algo más en esos momentos- y entonces a la mitad del acto te vestís y te vas más enfadada con la muchacha que conmigo.Luego, pasadas unas horas, volvías cabizbaja susurrando un perdón tan imperceptible como nosotros en nuestros azares de amor y deseo al lado de aquel frondoso arbol.
Ahora caminar por la ciudad no es nada más que encontrarme con la fría niebla, el hermoso sonido del mar chocando contra los muelles y encontrarme de repente con una ráfaga fugaz de instantes que compartí junto a vos y ahora ya no están, se murió el rey, vos lo mataste con tus piezas de color blanco –Porque encima también un poco racista- sin el más mínimo deseo de levantarlo lo dejás caer junto con mis sueños mis deseos y todas esas cosas que uno se inventa cuando está profundamente enamorado.
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