Yo aquí intento cazarte, consumarte; traerte de nuevo al lado mío y sumergir mi cuerpo en tus brazos después de un buen juego de ajedrez. Cómo nos gustaba jugar al ajedrez, con que afán movíamos las piezas y las dejábamos caer para una vez terminada la partida dejarnos caer uno encima del otro. Yo las blancas, vos las negras, o viceversa. ¿Qué más daba si estabas vos? ¿Qué más daba dejar caer mi rey si después del juego solo nos quedaba sucumbir al pasto mojado aplastando a los pobres insectos que nada tenían que ver con nosotros y entrar suavemente en tu tímida cintura acompañada con una sonrisa aprobatoria?
Las piezas se movían y caían sucumbidas; atadas a la mano que gobierna su destino..
Batalla de colores, de formas, de reinos ficticios en un tablero blanco y negro de ocho por ocho. Cada movimiento nos acercaba más al final del juego posado en tus labios. Quisiera mandar todas las piezas al carajo, romper el ritual y aferrarme al calor de tus pechos y tus labios desbordantes de amor. Adelantarme a las sorpresas que intimar en aquel parque o cuarto o bosque junto a vos me pudieran traer junto a la aurora malva y tus gemidos que crecían a cada instante incesantes. Mi cuerpo embriagado por tu aroma y hundiéndose en tu cintura saciando los deseos de amar que ambos conservábamos debajo del tablero.
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