Bastaba acercar mis labios a tu cuello
para sentir tus uñas hundirse en la piel de mi espalda. Bastaba
perdernos entre besos y caricias mañaneras, desdibujar nuestros cuerpos y
amarnos hasta que la salida del sol no lo impidiera.
Explorar minuciosamente cada rincón de tu
esculpida figura y de un momento a otro escuchar ese gemido como un
canto victoriano anunciando la cúspide del éxtasis que ambos logramos
alcanzar.
Luz tenue, cama de rosas y toda una noche
que nos esperaba ansiosa para devorarla devorándonos, y así desnudos
nuestros cuerpos, sumidos en una cadencia difícilmente replicable,
desapegándonos por completo de las cosas materiales para protagonizar el
soneto en tus labios y la melodía de tu cuerpo ardiendo en llamas de
pasión.
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